La educación
pretende, no solo formar individuos capaces de enfrentar
inteligentemente situaciones reales, y darles soluciones efectivas, sino
también erigir individuos idóneos para interactuar con sus similares y
convivir en sociedad, con un proceder basado en los principios morales.
Para ello se requieren maestros que puedan reinventarse de acuerdo al
contexto. Maestros conscientes de llevar consigo una relación entre
humanos en sus procesos educativos organizados y que hacen la
diferencia, determinando o posibilitando su desarrollo.
Desde siempre se ha atareado hacia la búsqueda de la calidad educativa, bajo la inclusión de un compendio de aspectos y la atención a las necesidades y manifestaciones del individuo a partir de la educación integral. Desde un ideario selecto, la educación ha sido considerada como el instrumento mediante el cual se logra la transformación cultural y social, convirtiéndose en la herramienta que abre las puertas a las oportunidades.
La calidad educativa
es una de las expresiones más utilizadas actualmente en el ámbito
educativo. Además se acompaña de términos como eficacia, eficiencia,
innovación, reflexión permanente etc., como referentes que responden a
las necesidades de una sociedad escolar cambiante, en la que se sigue
unos procesos de mejora. Para la UNESCO, la educación de calidad es un derecho de todos los estudiantes y constituye un objetivo prioritario en su agenda global.
Para adquirir calidad en educación es imperioso invertir;
sobre todo en ciencia, tecnología, desarrollo y recurso humano.
Mientras se escatimen los recursos para la educación, no se evoluciona,
no puede haber calidad y mucho menos progreso. Para muchos países la
educación no es una prioridad, por lo tanto la inversión en este sentido
es mínima. Así que pensar en calidad se podría convertir en una utopía.
La UNESCO invita a reflexionar sobre la temática: “La educación transforma vidas” (2017).
En esta concepción presenta la educación recogida en un fin absoluto:
“El objetivo de desarrollo sostenible”. Por lo tanto exhorta al cambio,
el cual debe comenzar con la forma de concebir al estudiante. Lo que
implica el hacer un miramiento a ese ser que se desarrolla individual y
colectivamente, reconociéndolo como sujeto que requiere, no solo ser
acogido como persona, sino también como ser sediento de afecto y
orientación desde sus potencialidades y necesidades y, sobretodo, de
“ser escuchado”.
Para lograr la calidad es necesario transformar la educación, en otra que se preocupe por la formación docente, de tal manera que los procesos permitan generar oportunidades de transformación positiva,
donde a los estudiantes se les enseñe a pensar, aprendan a desarrollar
sus habilidades comunicativas y de convivencia, se les permita saber
dónde y cómo acceder a la información, pero fundamentalmente la manera
de interactuar con ella para que se formen para la vida y sean
competentes, no solo en sus desempeños, sino en la capacidad para
entender la sociedad.
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